Narices rojas

Hace poco más de dos años, en colaboración con la Mancomunidad de Servicios Sociales Bajo Segura, comencé a impartir el taller de teatro anual para el “TAPIS” (Taller prelaboral de inserción social.) Hoy, camino de cumplir el tercer año con ellos, y con la vista puesta en el estreno de una nueva obra, veo justo rescatar algo que escribí allá por octubre de 2012.

Es un pequeño relato basado en una situación real y dedicado a estos alumnos “especiales”, pese a que la mayoría de ellos, aunque pudieran leerlo, seguramente no lo entenderían.

Nunca tuve la pretensión de que fuera una joya literaria, pero en aquel momento necesitaba escribirlo del tirón, desde la víscera, y eso acabó haciéndolo de alguna manera especial.

Sin más, aquí lo tenéis:


Narices Rojas

Ocho de la mañana, suena el despertador. El niño lleva despierto treinta minutos antes de la hora. Es un niño inquieto, un niño especial. También la mañana de hoy promete ser especial, pues el niño sabe que comienzan las clases de teatro. ¡Cuánto tiempo había esperado! Desde hace casi un mes, todos los días preguntaba por el “profe”, y todas las noches cuando se iba a dormir, se imaginaba subido en un escenario, con una gran nariz roja de payaso y la cara pintada.

Se pone en pie de un salto y baja las escaleras, para encontrarse con su madre preparando el desayuno. Ella se queda mirándolo con una sonrisa.

– ¿A dónde vas tan contento?
– Mami, ¿no te acuerdas? ¡Hoy empezamos el teatro! ¿Hay magdalenas? Tengo hambre.

Y devora su desayuno sin perder de vista la ventana. La ventana por la que cada mañana ve llegar ese autobús especial que recoge a todos sus compañeros y a él mismo. Pero como hoy ha madrugado, aún le queda tiempo para asearse. Su madre le ayuda a quitarse el pijama y a ducharse, para después peinarlo. Le deja el flequillo un poquito desordenado, como a él le gusta. Y de pronto, un sonido familiar. El autobús especial.

Con un abrazo se despide de su madre y va a reunirse con sus compañeros y amigos. Da los buenos días a todos, abraza al conductor como cada día, y se sienta al lado de su mejor amigo, Carlos. El niño no puede parar de comerse las uñas.

– ¿Estás nervioso? – Le pregunta Carlos.
– Mucho. No tengo nariz roja…
– No te preocupes. Ya verás lo bien que lo pasamos.

Y el niño, mirando por la ventanilla, continúa mordisqueándose las uñas de la otra mano.

Quince minutos después, llegan a su destino. Van bajando ordenadamente del autobús especial, con ayuda de la monitora, una joven de sonrisa risueña y amable, siempre pendiente de “sus niños”.

Caminan durante otros cinco minutos y llegan a la fachada de un gran edificio, un edificio del color del chocolate. Una enorme puerta está abierta, señal de que los están esperando. Al entrar pueden ver el sol cayendo sobre un patio, con una fuente en el centro y un pequeño jardín. En un rincón hay un bonito ascensor de cristal. El niño, que hasta entonces iba al final de la cola junto con su amigo Carlos, se adelanta nervioso a los demás:

– ¡Mirad! ¡Yo quiero subir!
– Tranquilo – contesta la monitora tocándole el hombro – Todos vamos a subir, pero tenemos que hacerlo por orden y en grupos de cuatro personas.

El niño no entiende la explicación, él quiere subir con todos sus compañeros a la vez. Pero en lugar de protestar, asiente, y el primer grupo de cuatro sube en el ascensor de cristal hasta perderse de vista. Después, le toca el turno al segundo grupo, y finalmente, al suyo.

Una vez dentro, puede ver el exterior a través del cristal, el pequeño jardín, con flores de todos los colores, haciéndose más y más pequeñas a medida que van ascendiendo. Por unos momentos, le hubiera gustado quedarse allí contemplando aquel espectáculo de luz y color. Está tan asombrado que al abrirse la puerta del ascensor, salen todos menos él. La monitora se da cuenta, vuelve a entrar y mira también a través del cristal.

– Muy bonito el jardín, ¿verdad?
– Sí. – Contesta el niño.
– El “profe” de teatro está detrás de esa puerta – dice la monitora señalando a una habitación a sus espaldas.- ¿No quieres participar en la clase?
– ¡Me gustan las flores rojas! ¡Esas de ahí!
– ¿Y el teatro? El teatro también te gustaba, ¿verdad?
– Sí, pero no tengo nariz roja…
– ¿Nariz roja?
– De payaso. Me gustaría ser payaso.

La monitora, pensativa, abraza al niño, le toma la mano y le susurra:
– Para el próximo día compraremos narices rojas, ¿vale? Vamos, entremos, nos están esperando.

Cruzan la puerta y al fondo el niño ve unos focos, un telón, un escenario. Sobre él, sus compañeros lo esperan, junto con un desconocido. Durante un momento sus miradas se encuentran:

– Vaya, ¡pero si nos faltaba un alumno! – dice el profesor con una sonrisa – Menos mal que has llegado, estábamos a punto de comenzar.
– Ya… – Contesta el niño.

Unos segundos de silencio. El profesor frunce el ceño:
– ¿Sabes?, os he traído un regalo a cada uno de vosotros. Ven, acércate. – dice abriendo su maletín.

El niño se asoma al interior, y su boca se abre de asombro, y su sonrisa deja ver sus dientes torcidos, y sus arrugas se marcan. Tiene treinta y ocho años, pero no es consciente de ello. Dentro del maletín puede contemplar doce perfectas narices rojas, para él y para cada uno de sus compañeros. Y es feliz.

Cuando alza la vista con los ojos empapados de emoción, se encuentra una vez más con su nuevo profesor, que dándole un abrazo, le susurra:

– Bienvenido a la aventura del teatro.

nariz

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3 comentarios en “Narices rojas

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